El segundo libro de la historiadora y diseñadora (Tejidos blandos, 2013) acaba de ser reconocido por la Universidad de Chile con el premio Manuel Montt. Un relato estremecedor sobre la relación entre cuerpo e indumentaria que expone una cara inédita de la dictadura militar, lejos de la frivolidad que muchos asocian a la moda. Aquí, reflexiona sobre su trayectoria, sobre su conexión con la ropa y sobre cómo esta nos ayuda a entender el mundo.

 

Pía Montalva va a cumplir 60, y en algún momento de esta conversación dirá que, años atrás, ella misma se hacía su ropa. Pero hoy, dividida entre sus cátedras de moda y sociedad e historia del cuerpo en la Universidad Católica, y los talleres de lectura que dicta en su departamento, le cuesta encontrar el tiempo. Así y todo, recorre lo que alcanza en las tiendas santiaguinas, desde las cadenas del retail hasta lo que pueda encontrar en la feria.

Diseñadora de la UC y doctora en estudios latinoamericanos por la Universidad de Chile, Montalva es de los pocos historiadoras locales que ha profundizado en el estudio de la indumentaria como expresión particular de la persona, de sus contextos y de los cambios históricos y culturales que vive una sociedad. Hace 15 años, este cruce de temas la llevó a publicar su primer, libro Morir un poco, un análisis del devenir de la moda chilena entre 1960 y 1976. Su investigación, por un lado, legitimó la indumentaria como objeto de estudio histórico y, por otro, aportó a la historia de la mujer en Chile desde una nueva mirada.

Y si ese volumen se alzó contra la frivolidad que alguien podría asociar a la vestimenta y a la moda, su segundo libro –Tejidos blandos. Indumentaria y violencia política en Chile, 1973-1990 (2013)- llevó esa idea a otro nivel. Este estudio fue uno de los ganadores del Premio Manuel Montt, reconocimiento de carácter bienal de la Universidad de Chile a las mejores obras literarias y científicas publicadas en el país, y que se le entregará el 11 de junio en Casa Central.

“El cuerpo tiene tejidos blandos, y también se habla de tejidos blandos cuando hablamos de las telas: telas que se adaptan a tu cuerpo y a todos los movimientos que realizas con él en la vida cotidiana. Para mí, el cuerpo y la indumentaria son indisolubles, y esta última no es una segunda piel, sino la última capa del cuerpo, el último tejido blando”, explica Montalva, quien, al momento de escribir la obra, buscó abordar una dimensión distinta de la represión dictatorial y del terrorismo de Estado. Una parte de nuestra historia más bien inadvertida.

“Yo estaba preparando la segunda parte de mi primer libro, y en el proceso me encontré con distintos testimonios: gente que relataba la desaparición de un familiar, de un hijo, y que lo reconocía por la ropa que tenía la última vez que lo vio”, cuenta. “Consideré que ahí había algo importante, una permanencia. Los tejidos blandos son los primeros en desaparecer del cuerpo, pero las telas permanecen, como un registro de toda esa violencia política que sufrió el cuerpo”.

El libro construye relatos que estremecen y permiten entender, por ejemplo, cómo los accesorios fueron el primer grupo de objetos que incautaron los uniformados: cinturones, corbatas, cordones de zapatos de los presos políticos, luego “reciclados” para colgarlos durante los interrogatorios. O cómo las mujeres se protegían de las violaciones y de las agresiones sexuales dejando de usar maquillaje, cortándose el pelo y vistiéndose con ropa que ayudara a proyectar una imagen “desexualizada”.

Para Montalva, la investigación nacida de su tesis doctoral buscó “extremar” su objeto de estudio, ubicándolo en un periodo particularmente doloroso de nuestra historia. “Cuando publiqué mi primer libro, en 2004, no había una crítica a la indumentaria como objeto de estudio histórico, pero sí indiferencia y prejuicios respecto de la supuesta frivolidad de la moda. Una falta de cultura interdisciplinaria que llevaba a pensar que si escribía sobre moda, no podía dedicarme a la historia, o a la ‘historia dura’”, dice la académica, quien además de su trabajo docente, escribe una columna semanal en la revista Paula y es una voz autorizada a la hora de comentar la vestimenta de diferentes personajes, personalidades y figuras políticas

Ropa para entender el mundo

Pía Montalva dice que no puede evitar ver a las personas sin cruzar lo que ve con lo que sabe y ha investigado, en las revistas de moda o en las tendencias. Es un ejercicio casi involuntario que realiza diariamente al caminar por las calles de Santiago, al ir a las tiendas de ropa, al revisar las cuentas de moda que sigue en su Instagram (@thinking__fashion), donde sube contenido constantemente.

Tiene desde siempre, cuenta, una conexión especial con la indumentaria. A los 9 años, en su natal Osorno, aprendió junto a una costurera que trabajaba en su casa a confeccionar ropa para sus muñecas, en una máquina de coser con terminaciones de madera que ahora ocupa en su departamento. También fue dada a revisar escrupulosamente todas las revistas de moda que llegaban a sus manos, así como a acompañar a su mamá a comprar telas. Y, cada vez que viajaba a la capital, le pedía a su abuela que fuesen juntas a recorrer tiendas de ropa.

“La ropa habla de la autobiografía, porque no camina sola por la calle, va con un cuerpo: ambos forman un conjunto que se mueve por el espacio público, y cada quien lo usa de manera distinta, según cómo se apropia de él. Hay códigos de comportamiento, percepciones de mundo, imaginarios”, plantea Montalva, quien condensó ese conocimiento en su libro de 2017, Apuntes para un diccionario de la moda, donde, a través de crónicas y definiciones en torno a elementos de la indumentaria, analiza la forma en que esta refleja la autobiografía de las personas, quienes adhieren por esta vía a cánones sociales y de poder.

En todo ello, hay múltiples elementos: “La marca de un pantalón, la forma, si está o no dentro de las últimas tendencias. Los accesorios que se usan en las manos, en la cara, el tipo de pelo, los colores, el desgaste de la ropa también dice cosas. Y está la renovación: qué tanto seguimos las normas, qué tanto buscamos destacar”.

Por lo mismo, para Montalva estudiar diseño siempre fue la primera opción. Y añade: “Siempre sentí ganas de entender el mundo del que era parte. Crecer en dictadura influye porque, pese a estar en provincia y venir de una familia que nunca fue directamente afectada por la represión, estás inmersa en una atmosfera política que se cuela por todas partes. Ves que hay miedo, que hay cosas que no puedes hablar, cosas que no puedes usar”.

Así, el vuelco del diseño a la historia fue orgánico en su caso. Sus fuentes más importantes fueron las mismas revistas de moda que leyó cuando niña. Desde ahí se ubicó en la segunda mitad del siglo XX, en el nacimiento del sistema de moda en Chile; desde la instalación de las primeras boutiques, los cambios vertiginosos, el rol de una industria textil fuerte y diversa, hasta el golpe de Estado y el control sistemático de las apariencias.

“(En dictadura) hay un deseo por acabar con el desorden. Eso lleva a establecer, en un principio, un sistema donde todo tenía que estar delimitado. Los roles de género son un ejemplo: el hombre con pantalones y pelo muy corto, la mujer con pollera y el pelo largo”. Aunque este modelo fue cambiando con la aplicación del modelo neoliberal, con la apertura a las importaciones, que de a poco fueron dispersando el control. Montalva también presenció cómo, tras la vuelta a la democracia y el retorno de las industrias nacionales, los tratados de libre comercio fueron matando de a poco la producción chilena: la ropa empezó a ser confeccionada afuera, las vestimentas comenzaron a homogeneizarse.

Sentada en el living de un departamento luminoso, de paredes blancas y decoración minimalista, la historiadora considera que esa homogeneización persiste. Que convive con nuevos fenómenos, como la democratización de la ropa, el fast fashion, los influencers en las redes sociales y las identidades de género. Ve, asimismo, una sociedad profundamente fragmentada, que se mueve rápido y que consume rápido, donde las cadenas de retail son poderosas, estandarizan la sociedad con tendencias traídas desde afuera. La rotación es excesiva y las antiguas tiendas de “ropa americana” caen de a poco en la lógica del outlet. puediendo encontrarse en ellas prendas de H&M y Zara.

Al mismo tiempo, constata un deseo de individualización: “En Chile hay una corrección política, una moralidad, que no se aplica mucho en la práctica: seguimos siendo castigadores con la diferencia, con cualquier individualidad que destaque mucho, que se salga de la norma. Eso no significa que las ganas de diferenciarse no estén, solo que se expresan de forma más fragmentaria”.

Michelle Martínez Collipal

Periodista de la Universidad de Chile.